EL ANILLO DE FUEGO. RONALD ROSS. PREMIO NOBEL FISIOLOGÍA.1902

Sir Ronald Ross

Sir Ronald Ross (1857-1932), nacido en la India ha pasado a la historia por sus investigaciones, descubrimientos y escritos relativos a la transmisión de la malaria y otras enfermedades tropicales. Por ellos obtuvo el Premio Nobel de Fisiología y Medicina en 1902 y en 1911 le fue concedido el título de Sir.

Parece ser que, sin embargo, su verdadera pasión era la literatura, y a lo largo de su muy ajetreada vida, contada con viveza en sus Memoirs (1923), halló tiempo para escribir también varios estudios matemáticos, de batometría, un ensayo, dramas, poemas y tres novelas de las cuales, The Child of Ocean, 1889, no ha sido nunca desdeñada. Pero quizá lo más curioso es que después de su muerte apareció este único cuento de horror The Ring of Fire, en la antología New Tales of Horror (1934) de Gawsworth. Como comprobará el lector en el que además está presente esa fiebre tropical que le reportó a su autor tanto honor y tanta fama.

El anillo de fuego

Henry Russell Beauclerq de Winthrop Judd sintió que se le venía encima.

Su hija estaba sentada en el suelo de bambú, emitiendo grandes sollozos, con la cabeza sobre la rodilla derecha de él. Él sostenía en su mano derecha la carta del Comisario Jefe, en la izquierda la del Coronel del 5 del Mountshire.

Entonces se abatió él.

Imagine usted, amigo, que estuviera agarrado a una roca en el agua tras un naufragio, e imagine que justo a su espalda viera una enorme ola negra encrespándose, chupando el agua a su alrededor mientras usted se aferraba gritando, y rompiendo luego encima de usted: negrura, noche, un torrente en los oídos, un tirón desde su asidero, un abalanzarse, un retorcerse, un verse arrojado contra algo invisible y duro, un ahogamiento, una oscuridad salpicada de estrellas, insensibilidad. Y luego imagine que al abrir los ojos en medio de aquel anegamiento viera encima los ojos de un gran tiburón.

Eso fue lo que sintió y vio Judd.

Si uno tiene una contusión en la espinilla, un hígado abultado, un hueso roto desde hace tiempo, esta fiebre vuela siempre a ese punto flaco. Cuando, además, uno está empapado de la enfermedad, la cosa no viene avisando, con mareos, jaquecas y demás; sino que se abate de pronto como un bandolero por la espalda, lo derriba a uno en un instante, cuando está cenando, besando a su mujer, mirando por el cañón de su arma, retorciéndose el bigote ante el espejo: cualquier cosa.

Y cuando, como en el caso de Judd, el cerebro está afectado o preocupado, se apodera de uno como un ataque epiléptico.

Judd recordaba haber dado un grito cuando la negrura se cerró sobre él.

Recordaba haber visto agonizar el crepúsculo por entre las grietas de las paredes de estera de bambú; recordaba haber visto el whisky con soda y la pipa y los puros recortados sobre la sucia y rudimentaria mesa del campamento; y el alto sillón y el suelo cubiertos de periódicos, entre los que destacaba Punch, con un dibujo de Britannia coronando a algún héroe de nuestras guerras birmanas.

También oyó reñir a unos perros, y pelear a los gorriones en el tejado. A través de la ventana observó también a unos policías patans y bigotudos, que enseñaban sus blancos dientes al sonreír a las bonitas muchachas birmanas que sacaban agua del pozo. Luego, como ya he contado, lo asió el Supremo Estremecimiento.

Pero, ¿qué eran los tiburones? Eran las dos cartas. Parecían tener ojos y flotar en el aire dando vueltas y más vueltas a su alrededor, insistiendo en mostrarle sus horribles palabras escritas, por así decirlo, hasta la punta de sus colas.

Estas cartas tenían grandes dientes puntiagudos y los ojos desorbitados. En la primera leía y releía:

Muy señor mío:

El comisario Jefe me ruega le comunique que lamenta enormemente no poder concederle, de momento, debido a las exigencias del servicio, ni siquiera un permiso de tres meses. Hará lo que esté en su mano para favorecer sus deseos relativos a un traslado a un clima más saludable que el de Pauk, pero de momento no puede hacerle concebir esperanzas de cambio.

En torno a este tiburón había varios otros tiburones pequeños: en algunos estaba escrito: “Veinticinco años en las junglas”. En otros, “Comisarios Auxiliares”…!Ja, ja, ja!”. En otros, “Trabajo todo y de juego nada”; y por último en otros, que seguían intentando ocultarse podía ver vagamente la palabra “Mestizo”.

La segunda carta, sin embargo, era aún más terrible, aunque era más breve:

Muy señor mío:

Tengo el honor de comunicarle que el teniente Sweetly se ha reincorporado a su regimiento en Inglaterra, por lo que ya no se encuentra a mis órdenes, etc., etc.

El Coronel

Entonces ocurrió algo aún más terrible, porque le pareció estar viéndose desde fuera a sí mismo y a su hija allí sentada. ¡Qué hermosa era! Petite, irritable, sonrosada incluso, porque ella tenía en sus venas más sangre inglesa que él, y las damas mestizas birmanas son a menudo muy bonitas.

Su naricilla era encantadoramente pecosa, sus labios eran de un rojo vivo. Sí, ella era enteramente inglesa. Acababa de salir de un colegio inglés. Podía hablar de Londres, que él no había visto jamás, sabía tocar el piano. Allí estaba su guitarra en el rincón.

¡Dios, cómo la quería! Cómo lloraba su alma por ella, mientras el pequeño espíritu infantil, recién salido del cariño de sus amigos ingleses, empezaba a darse cuenta de cuál era su verdadera posición en la tierra de su nacimiento, Birmania. Luego vino el teniente Sweetly. Solamente de vez en cuando venía Judd de las junglas a ver a su hija en la ciudad.

A Judd, digo, le pareció estarse viendo a sí mismo y a su hija. No sabía la totalidad de lo que había pasado, pero sabía que de pronto se había levantado y le había clavado a su hija el cuchillo de la cena.

Lo miró todo con una especie de horror y curiosidad.

Ella no gritó porque él le tapó la boca con la mano por detrás.

“Pobre diablo”, se dijo de sí mismo, “ha enloquecido con la fiebre de la jungla. Durante veinticinco años ha servido a su país en la jungla, sin permisos, destinado siempre a los peores lugares, a los de más fiebre, para que los hombres más blancos que él pudieran permanecer en los sitios más civilizados.”

“Ahora se le ha negado hasta un permiso de tres meses, así que nunca podrá seguir el rastro del hombre que ha molestado a su hija. Y tiene que volver a la solitaria y miserable jungla, como es la de Pauk, donde nadie habla inglés, y donde la fiebre se apodera de él un día tras otro.

El gobierno no ha obrado con justicia respecto a él. Por eso se ha vuelto loco y ha asesinado a su propia hija.”

En el apagado crepúsculo, en la comisaría de policía de bambú, el pobre Judd vio alzarse su propia figura alta, flaca, vio sus manos enjutas, peludas, de color gris seboso, coger el cuchillo de la cena otra vez; vio su mata de pelo entrecano erizarse sobre su frente amarilla.

“Ya está”, ser rió de sí mismo, “deliro”, dijo, “Blanche, Blanche, querida, tráeme un poco de té frío.”

Sus negros ojillos tártaros brillan al acercarse a la joven cuya espalda está ahora vuelta hacia él. Se arrastra sigilosamente por uno de los cordoncillos del suelo de bambú, para no hacerlo temblar. De pronto, le tapa la boca con la mano izquierda y adelanta la derecha con el cuchillo ante ella para hundírselo de lleno en el pecho: no la herirá por la espalda. Ha olvidado la anterior cuchillada.

“Vamos, vamos, no servirá de nada. Blanche, Blanche, tráeme un poco de té, mi mente está empezando a desvariar. Ya ves, no me conceden el permiso. Jamás obtendré un permiso con justicia, y yo sólo soy un pobre más…”

No dijo más. Había dado en el blanco con aquella segunda cuchillada; se había dado a sí mismo, y se había tomado el permiso.

 

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