EL CONCEPTO ECOLÓGICO DE LA ENFERMEDAD

CONCEPTO ECOLOGICO DE ENFERMEDAD

http://mazinger.sisib.uchile.cl/repositorio/lb/ciencias_quimicas_y_farmaceuticas/armijor/cap1/2cap1.html

Antes de llegar a definir Epidemiología, resulta imperativo hacer una breve excursión histórica, para examinar las relaciones entre el hombre y la enfermedad. Este análisis podrá facilitar la comprensión de los complejos factores en juego.

Existen demostraciones de que las enfermedades precedieron al hombre. En estratos geológicos correspondientes a la edad de los reptiles, se han encontrado fósiles de huesos largos de dinosaurio con huellas de soldadura, prueba de que estos grandes reptiles sufrieron de fracturas como consecuencia de la lucha entre especies.

Esto no sería de extrañar. Pero también se han encontrado ciertas formaciones esponjosas que a juicio de patólogos, representan alguna forma de reumatismo. En piezas dentarias se ha hecho notar la presencia de grandes caries, prueba evidente que el dinosaurio hace millones de años sufrió de dolores de muelas. Más aún, en un hueso largo de un dinosaurio con cuernos se encontró una cavidad, testimonio de un absceso que debió contener cerca de dos litros de pus. Los gérmenes piógenos existieron, pues, millones de años antes que el hombre apareciese sobre la tierra.

Los primeros hombres aparecen en las capas geológicas probablemente en el Norte de África hace un millón de años, en el Pleistoceno. Nada sabemos sobre enfermedad ni sobre qué interpretación le dio este hombre primitivo que convivió con bestias durante cientos de miles de años. Su progreso desde una vida animal hasta formas de agrupaciones parece haber sido muy lento. El pasaje de la etapa de recolección del alimento hasta la etapa de producción (revolución neolítica) le tomó hasta unos 10 mil años atrás. Todo hace presumir que este hombre primitivo, desde el Australopithecus hasta llegar al Homo sapiens sufrió de enfermedades con la misma actitud de la bestia. El enfermo o el herido se ocultaba, se segregaba, para escapar a la agresión de quienes podían atacarlo para arrebatarle sus pieles o armas. Lamía sus heridas y aullaba en la soledad, hasta curar o morir. Nadie se ocupaba de sepultar los cadáveres.

Hay un enorme vacío en el conocimiento de este ser primitivo hasta llegar al hombre de Crô-Magnon, hace unos 20 mil años. En la cueva de Trois Frères, al Sur de Francia, hay pinturas murales que se han conservado prodigiosamente. En una de ellas se muestra la primera imagen que se conoce de un médico, ataviado con pieles y máscara y ejecutando una danza como los hechiceros del África actual. Este médico tenía por misión ahuyentar malos espíritus, curar enfermedades y augurar una buena caza. Curiosa fusión de funciones: de reparación y protección de salud asociadas estrechamente con la provisión de alimentos. Integración de medicina y economía tal como se plantea hoy día.

La figura de este médico de Crô-Magnon plantea también la primera interpretación de enfermedad: introducción de malos espíritus en el cuerpo, interpretación mágica que acompañó al hombre por muchos siglos. Las medidas terapéuticas derivadas de esta interpretación, estaban destinadas a arrojar los malos espíritus de cualquier manera, por medio de purgantes, vomitivos, sudorantes y diuréticos. Aun hoy día -en plena era de antibióticos y vuelos espaciales- existen culturas primitivas donde se ahuyentan los espíritus con danzas y ritos mágicos. En el sustrato popular (le grandes masas humanas permanece todavía una interpretación mágica. Cuando la abuela da un sudorante al nieto enfermo, responde inconscientemente a una experiencia ancestral (“Botar el resfrío”).

Fue preciso el transcurso de muchos siglos de evolución hacia la organización tribal y el nacimiento de comunidades, para dar el paso siguiente. Para el hombre primitivo no existía la noción de pasado o futuro, porque todo se fundía en un islote de existencia ausente de tiempo. Cuando el hombre adquirió la noción de pasado y futuro, surgieron miles de interrogantes sobre la existencia y nacieron las religiones. Brotó la divinidad, y nació la interpretación de enfermedad como castigo divino por los pecados del hombre.

Bocaccio, al describir una epidemia de peste bubónica en Venecia, en 13-18, sostiene: “. . .tal fue la crueldad del cielo y probablemente a causa de los hombres, que arriba de 100.000 almas perecieron en la ciudad”. Cotton Mather dos siglos más tarde, en Boston, dice: “. . .La enfermedad es en efecto el látigo de Dios por los pecados del hombre”. Para mejor comprender esta manera de razonar, es necesario revisar brevemente las pavorosas epidemias que azotaron a la sociedad medieval y cuyo impacto dejó huellas en la literatura, en todas las manifestaciones del arte y en el pensamiento de esa gente.

El estado de tensión provocado por las ondas epidémicas sucesivas estimuló un fervor religioso jamás visto en la historia. La Iglesia incrementó la rigidez de sus leyes y vivió muchas décadas de poder omnímodo sobre la comunidad. Las fábricas de dados -se anota como dato curioso- se dedicaron a producir cuentas para rosarios, que alcanzaron una demanda fabulosa.

La peste bubónica destruyó los ejércitos de Marco Aurelio y Lucio Verus, en el siglo v D. C., arrasó Roma, luego Constantinopla, donde morían 5 a 10 mil personas al día y abatió el Imperio Bizantino. Del siglo vI al xIv hubo calma respecto a peste; pero en 1345 estalló una epidemia en Asia y África que rápidamente se extendió a Europa. En 1348 (año santo), el Papa Clemente vI hizo un llamado a toda Europa, a fin de que se congregaran peregrinos en Roma a orar y pedir clemencia al cielo. Entre 1.200.000 peregrinos que acudieron al llamado papal a Roma, vinieron varios enfermos de peste bubónica y se desencadenó una epidemia de espantosas proporciones, en que murieron el 90% de ellos. Durante la epidemia, el Papa se encerró en una habitación y se puso a salvo. En el siglo xIv, solamente en Europa se estima que murieron 25 millones de personas de peste bubónica.

La peste bubónica, el tifus exantemático, la malaria, la viruela, y otras enfermedades, diezmaron horriblemente a la población del Medioevo, Renacimiento y tiempos modernos. En el siglo xvIII, se estima que murieron en Europa 60 millones de personas por viruela.

Se comprende que una sociedad sometida, generación tras generación, al pánico permanente, tuvo las más variadas reacciones. En el siglo xIv, por ejemplo, se desencadenó por toda Europa la más curiosa reacción de histeria colectiva, que se llamó la “manía del baile”. En un pueblecito de Alemania un grupo de jóvenes iniciaron un baile desordenado, a base de contorsiones y muecas, en la plaza pública, expresión que se extendió a toda Europa durante varios años. No se tiene conocimiento de otra epidemia mental de tales proporciones.

En aquellas epidemias, en que como lo describen los historiadores, en una misma fosa iban a parar los cadáveres de testadores y herederos, familias enteras, amigos y enemigos, se dio origen a todo género de reacciones de piedad, de crueldad, egoísmo, etc.

Una de estas pasiones desatadas tiene bastante interés para el asunto que nos preocupa. La gente empezó a advertir que, a pesar de las oraciones, cuantiosas donaciones a la Iglesia, etc., no se ejercía influencia alguna sobre la cólera divina. Empezó entonces a buscar presuntos culpables humanos. Como existían razones para odiar a los judíos, que eran prestamistas y que llegaron a controlar los bancos, se les acusó de envenenar norias. Miles de judíos fueron quemados. En Maguncia en un solo día fueron quemados 12.000 judíos.

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Bastaba la más leve sospecha para que se acusara a un individuo de difundir enfermedades. Un ejemplo ilustra muy bien la situación. Guglielmo Piazza, jefe sanitario de Milán, el 19 de junio de 1630, fue sorprendido limpiándose los dedos manchados de tinta en los muros de una casa. Se le acusó de difundir peste bubónica y sometido a espantosas torturas comprometió en sus declaraciones a un barbero de apellido Moro, que también fue torturado. Este, a su vez, comprometió a un cliente suyo, Juan de Padilla. Los 3 fueron torturados hasta la muerte. La casa que Piazza tocó fue destruida y en su lugar se erigió una columna que se llamó “Columna de la Infamia”. Prevalecían en la época las torturas descritas en un código editado por María Teresa de Austria, llamado Constitutio Criminalis.

Hasta aquí se han visto 3 interpretaciones que el hombre ha dado históricamente a la enfermedad:

  1. Introducción de malos espíritus:

  2. Enojo de los dioses, y

  3. Causantes humanos.

Gibbon, historiador de fines del siglo xvIII, escribió sobre la epidemia de peste en Constantinopla del siglo vI: “…Hasta el final de un calamitoso período de 52 años, la humanidad recobró su salud y el aire recuperó sus cualidades de pureza y sanidad”. Como se ve, se buscaron causas cósmicas para explicarse el origen de la enfermedad. Se desarrolló fuertemente la idea de que el aire se corrompía en determinadas ocasiones y se generaban las epidemias. De aquí nació el uso de vestimentas especiales para los médicos, consistentes en largas túnicas, botas y narices postizas. Se usaron a larga mano diversas especies y perfumes, a fin de “purificar el aire” de las habitaciones, de las ropas, etc. Por ejemplo, el Agua de Colonia tuvo su origen en esa época.

La doctrina miasmática jamás alcanzó una formulación clara, porque postulaba de un modo general la generación de epidemias a raíz de “impurezas” surgidas del medio ambiente. Sin embargo, prevaleció por varios siglos y alcanzó popularidad universal. En Chile durante la Colonia, el año 1617, la Real Audiencia comunicó al Virreinato del Perú textualmente: “del mucho trabajo, de la aflicción grande, y lo principal, de los humores que la tierra abortó, reconcentrados con el temblor, comenzó el contagio de un mal que acá llaman chavalongo los indios. . .” (se refiere a tifus exantemático) .

Hasta mediados del siglo pasado, William Farr creía firmemente en la doctrina del miasma. Atribuyó el cólera en Londres al juego de mareas del río Támesis y presentó datos con los cuales pretendió demostrar que a más bajo nivel la incidencia de cólera era mayor, debido a la influencia más marcada de las mareas.

El progreso en el conocimiento de la biología, los avances en el terreno de la bacteriología y otras disciplinas, han llevado gradualmente el pensamiento humano al concepto ecológico de enfermedad.

Podríamos citar innumerables ejemplos para explicar las complejas interrelaciones de las diversas especies biológicas entre sí. Durante mucho tiempo los biólogos estuvieron intrigados por saber qué sucedía con el nitrógeno (le las grandes cantidades de aire que la ballena almacena en cada respiración. El aire contiene 20% de oxígeno y 78% de nitrógeno. Si la ballena consume gradualmente el oxígeno, se debe acumular una presión parcial de nitrógeno tan alta que debería causar la muerte del cetáceo y, sin embargo, esto no ocurría. Se descubrió que en la sangre del cetáceo existe una abundante flora de bacterias nitrificantes, las cuales metabolizan el nitrógeno. Este es un curioso ejemplo de simbiosis entre 2 especies de dimensiones tan diferentes y que se benefician en forma recíproca: la ballena suministra nitrógeno a los bacterios y los bacterios defienden la vida de la ballena.

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En la agricultura se conocen muy bien los hábitos y a veces complicadas asociaciones entre especies animales y vegetales, que han sido utilizados en beneficio de la producción. Burnet relata que al comenzar el cultivo de la naranja en California, se produjo el ataque por un insecto que amenazaba seriamente la producción. Se estableció que la plaga consistía en un insecto australiano recientemente introducido en California. Pero mientras allí la peste hacía estragos, en Australia no tenía prácticamente ninguna importancia. Investigado el asunto, se descubrió que en Australia existía otro insecto, el “Ladybird”, que se alimentaba, precisamente, de la peste del naranjo. Se obtuvo la aclimación del ladybird en el Estado de California y poco a poco se obtuvo el control de la peste del naranjo y se llegó a una condición en que ambas especies subsisten en equilibrio aparentemente estable.

La vida sobre la tierra es el resultado de relaciones muy intrincadas y complejas entre las numerosas especies. La lucha consiste en una competencia permanente por el alimento y esta lucha crea simbiosis, asociaciones complicadas y antagonismos que trazan, en conjunto, un cuadro extraordinariamente complejo. En un punto de este cuadro se encuentra el hombre, sometido al juego biológico de todas las especies con que convive.

Zinsser, plantea muy bien el asunto para aplicar estas ideas a la enfermedad. Cuando un león devora a un misionero, no lo hace seguramente por maldad, sino que está procurándose alimento. De todos los alimentos el que preside la lucha es la albúmina.

Si nos imaginamos un “gourmet”, instalado en un restaurante comiéndose un pollo, la escena es enteramente comparable a la del león comiéndose a un misionero: uno y otro se procuran albúmina. Imaginemos ahora que este “gourmet” tiene un forúnculo en el cuello y se completa así tina cadena biológica en que un estafilococo se procura albúmina a partir del “gourmet”, mientras éste la obtiene del pollo.

Esta línea de pensamiento nos lleva a interpretar la enfermedad cono un accidente poco afortunarlo que suele aparecer como conflicto o choque entre dos especies.

 

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