Los últimos días del Dr. Wirsung. Carlos H. Mercapide.

Este cuento lo escribí en el año 1976, mientras preparaba Anatomía. Luego lo corregí, he hice algunos agregados.
Creo que se merece que alguien lo lea. Carlos Hugo Mercupide                 La Anatomía Moderna nace con Andrea Vesalio, al publicar su magnifica obra “De Corporis Humani Fabrica” en 1543.
Al realizarla solo contaba con 28 años de edad. Transformándose su texto en un verdadero monumento de la ciencia y del arte.
Vesalio se acercó más que ningún predecesor a la realidad anatómica que conocemos en la actualidad.
En escasos lugares su información fue incompleta, – salvo en el páncreas -, cuya situación y aspecto externo eran ya conocidas. Pero su función como glándula secretora y conductos de excreción eran totalmente ignoradas.
Suelen decir que en el organismo humano hay como un “parque tecnológico” que regula el uso del combustible – la glucosa – para que el mismo pueda funcionar, se trata del páncreas.


Capitulo Uno (Il primo)

Los vientos del Adriático impregnados por una tenue llovizna, mojaban las cúpulas resplandecientes de las iglesias del cristianismo.
Los capiteles palaciegos. Las figuras de mármol divinamente talladas, y el Puente Rialto de la aristocrática Venecia.
Luego indomables seguían volando hasta los prados que rodean la antigua Patavium, cuna del emperador Tito Livio.
Y actual Padua.

Corría 1642, el Renacimiento estallaba en una Italia dividida en repúblicas y principados, con ejércitos extranjeros afincados en su propio territorio.
Disputándose sus pedazos como botín de guerra.
Y se revolcaba a sus anchas por toda Europa, comenzando la Edad Moderna.
Nadie lo sabría hasta siglos después.

La noche celosamente oscura acompañaba sus silencios, solo entrecortados por suspiros de asombro, bostezos o el ruido de sus tripas inquietas.
Joannes Georgius Wirsung estaba en su salsa, es decir disecando cadáveres.
La próxima primavera cumpliría quince insuperables años como disector en la Cátedra de Joan Vesling, quedaban pocas dudas entre los eruditos que era el más hábil de los discípulos del Maestro Juan Riolano y de Gaspar Hoffman (sus instructores en París) de ahí su nuevo cargo, capi di tutti li disectoris.
La oscuridad descansaba helada, y apacible, por los enmarañados jardines que rodean los muros posteriores de la Universidad de los Artistas.

Tratando de que su mano no le hiciera sombra sobre el fino conducto que exploraba, seguía peinando con pequeños golpes de la panza del escalpelo, los bordes del “ductus”.
Al retirar pacientemente los grasos fragmentos, ese órgano central y profundo, se soldaba al duodeno.
A cinco o seis dedos de distancia, del esfínter terminal del ventrículo gástrico.
El llameo de las velas tembló en las paredes del claustro, sumergiéndolo en fantasmales alucinaciones, imaginando que “laboraba” sobre un ser vivo.
Y este lo miraba con ojos espectrales.
Ojos de muerto, observándolo.
Dando esto lugar, a la sensación pavorosa de que una mano enérgica, de dureza metálica y ejemplar.
Oprimía sus testículos, desde la base del saco escrotal, hasta casi arrancarlos. Desgarrando sus entrañas de dolor, recordándole que su ciencia no era de las más populares.
En esta sociedad italiana.
Ni bien vista por el Feroz Papa Inocencio III.
Profanadores del descanso eterno los llamaba, y aveces agregaba sacrílegos, blasfemos, apostatas, impíos y otras barbaridades más.
La nobleza gobernante en la República de Venecia, autorizaba, disimuladamente, a la Universidad, la realización muy discreta de esta practica.
Los acontecimientos humanos que marcarían la historia en ese siglo precisamente eran el resultado de su personalidad investigadora.
Podrían sumarse, la combinación de tres factores: la necessitá, la fortuna, y la virtú (él le sumaba el esfuerzo).
Y nadie lo apartaría de aquí en más, del claro camino que le marcaran las lecturas de Niccolo Machiavelli.

Ni siquiera el terror, del Santo Oficio de la Inquisición.

Sinceramente no sabia como le habían procurado ese cadáver (alguien traficaba con los fiambres, era evidente). Pero igual que en todos los cuerpos que exploraba, que estudiaba, con su trabajo artesanal y científico.
Las estructuras de los órganos, parecían siempre, ser idénticas, a como hace cien años lo mostrara Andrea Vesalio, en la misma cátedra.
Todo, salvo la masa pálida y profunda, que el autor de la “Fabrica” había ignorado completamente.
Llamándola “esa carne rosada”, que sirve de cojín del estomago cuando está repleto.
Para sufrir luego el pobre Vesalio, posteriormente a la aparición de su obra maestra.
Que sus discípulos, lo abandonaran temerosos de que los asociaran a su nombre, los jerarcas de la misma Universidad, a la que prestigió para siempre, impidieran sus iluminadas investigaciones.
Hechandolo como a un perro sarnoso.
Colegas rastreros, aduladores, serviles, lagoteros, tiralevitas, lisongeros, lameculos, despreciables (y aquí paro con los sinónimos) que antiguamente lo adoraron.
Le retiraran la amistad, y los tributos que merecía como anatomista.
Su pecado fue la osadía de corregir las escrituras del Gran Galeno (Il Greco), quien nunca en su proceder conservador, había disecado un cuerpo humano.
De aquí en adelante no iba a haber reposo para él, que osó rebelarse contra el venerado, hasta su muerte.
Este recuerdo dejó pensativo al prosector, y un escalofrío congeló su sangre fugazmente.

En nuestras biografías personales siempre estarán las historias que “a algunos” contamos a medias, o como ellos se merecen saberlas.
Para no herirlos, o para no herirnos, por que les conocemos la rivalidad, el resquemor y el poder.
También conocemos nuestra sumisión, mansedumbre y reverencia constante a la nobleza.
Escuchar la verdad los irritaría. (y eso es muy peligroso…)

En su abundante barba bávara, apelmazada. Impenetrable hasta para las ladillas más audaces, se hacían notar las horas que llevaba sobre la pieza anatómica, el cadáver, y sus olores.
Los que emana la carne, que se esta pudriendo.
Una gran sonrisa acompañó sus ojos de transparencia acuosa, al desprender no sin esfuerzo, con suaves maniobras de versado cirujano.
Los vasos, que rodeaban la región posterior del pancreatici (el páncreas) descifrándole un cuello, y pasando acá hacia el retroperitoneo.
Fijo a los cuerpos vertebrales.
Para desembocar en la gran vena porta, gruesa como uno de sus dedos.
E introducirse junto al ductus de la bilis, en el pedículo que ingresa al hígado.

Mugre, y el olor de la sangre coagulada se mezclaban a los tufos de intestinos fermentados.
Nada le hacia separar la cabeza, y su nariz prominente, del abdomen abierto y estaqueado con gruesos clavos de bronce, a la mesa.
Para él estaba vivo.
No había duda, el muerto era fresco, y las paredes del conductillo, no más grueso que una vermis di terra.
Elásticas y resistentes, a las maniobras del prosector.
Lo llevaban por ese camino sinuoso y ondulado, a la región más proximal de ese enmarañado sector del tubo digestivo.

– Por el ductus…! Se decía.

– Viaja todo lo que fabrica esta glándula …!

Y seguía el trayecto, que luego se acodaba hacia abajo, y atrás, hasta ser un canal común con el meatus biliar.
Y desembocar en una caruncula imperceptible a la mirada del indocto, entre los pliegues de la mucosa del duodeno.
Cerca del piloro.
Al comprimirlo, ordeñando con el dedo índice toda la longitud de su descubrimiento, comprobó la eyaculación escasa de una gota de fluido filante, y transparente que hizo brillar la mucosa al evacuarse.

Bauchspeicheldruse…? (Glándula salival…?)

Anotó en sus apuntes, con una pluma de ganso.
En su idioma natal.
Reiteradamente al disecar, lo distrajo una formación redonda y blanca que protuía levemente, como una gibosidad.
No más grande que un ojo de buey abierto, en la superficie marrón pálido del hígado.
Al penetrarlo con la punta del estilete, no sin esfuerzo.
Brotó agua cristalina en un pequeño chorro, y abruptamente, una membrana blanquisima y frágil.
Como clara de huevo cocida, quedo obturando la pinchadura.

– Pestes de la campiña…!

Pensó el prosector. (Siglos después, conoceríamos la equinococosis hidatídica)

No mejoró la luz de las velas, ya no hacia falta.
Camino hasta la pequeña ventana sin vidrios, que ventilaba la sala de disección. Descansando sus ojos, al color de la noche.
Los fríos días invernales, y la nieve acumulada en los depósitos, hacían posible solo en esta época del año su tarea de investigación anatómica.
En el exterior de la cátedra todo era silencio.
Se escuchaba la lluvia sobre el empedrado.
El mundo dormía.

Sobre un pupitre alto, y ahora en penumbras, continuaba abierto “De Humanis Corporis Fabrica” en el prologo, donde se leía:

– “Tú, Galeno…, que te dejaste engañar por las monas…!”

En claro reproche, que Vesalio le hacia al “venerado”, por su disección sólo en animales.
Y la “Anatomía Mundini-Anatome omnium humani corporis iteriorum mambrorum” de Mondino dei Liucci, el bolognes.
Cerrado. Con el lomo cuartedo por el uso, y los años.
Y las tapas grasientas, sucias por el contacto del manoseo cadavérico.

Capitulo Dos (Il que sigue)

El interior de su claustro personal, estaba tibio y bien iluminado.
La madera antigua de la mesa que empleaba como escritorio, brillaba, de puro limpia.
Y sobre ella había apilados cientos de escritos en gruesos papeles apergaminados, mezclados, junto a tinteros y plumas de ganso, que de muy usadas daban pena.
Entre ellas se destacaba una que por su traza y aspecto, era de gallina bataraza.
La que más usaba.
Sobre un vértice del pesado mueble, dormía un cráneo humano amarillento.
Brillante por el manoseo, le faltaba el maxilar inferior y algunas piezas dentarias.
La silla era tallada, pero el asiento viejo y cómodo parecía sostenerlo sin esfuerzo.
Entre los estantes había libros, prolijamente acomodados.
Las “Laminas de Anatomía” de Henry de Mondeville, apiladas en un cajón de confección muy fina y antigua.
Descansaban bien resguardadas.
En el exterior al otro lado de la ventana con vidrios labrados, ahora llovía intensamente.
La invención de la imprenta, subrepticiamente, y muy a pesar de los curas y los nobles, terminaba con el monopolio que ellos tenían del saber.
Los libros estaban al alcance de la plebe.
Eso impulsaba el pensamiento intelectual al humanismo.
Quizá esto podía descifrar su realidad académica, el hijo de un humilde artesano como jefe de disectores en la Cátedra de Medicina más importante de Europa.
Y Europa era el centro del mundo.

El riesgo de descubrir una forma anatómica distinta a las descriptas por los maestros, que ya descansan sentados junto a los Dioses.
Sucios por nuestras investigaciones recientes, momificados por la telaraña de lo que ya no sirve.
Congelados en algo fijo y definitivo, que los aloja en el tiempo invariable de la eternidad, pero aun venerados por las Academias recalcitrantes.
Nuestro alegre hallazgo, puede enviarnos a la desgracia infinita, por las inimaginables envidias de colegas de profesión o aprendices ambiciosos de nombre y popularidad.
El miedo a no disgustar nos hace llegar a la mentira indispensable, para que todo siga igual.
Hasta encontrar un momento que si se merece, la crisis, de defender nuestro descubrimiento ante quien se interponga, y lo desee.
Que quede claro, si los clásicos tienen la oportunidad de seguir viviendo es solo por obra de quienes no los toman al pie de la letra.
Ni buscan en ellos la facultad del texto sagrado, y tratan de cambiarlos con la investigación.

El día lo encontró en sus mejores condiciones intelectuales, pero su preocupación más importante esa mañana era otro “ductus”.
Su propio meatus uretral.
Desde hacia varios días, para su tormento, evacuaba un humor morbidus.
Amarillento y pegajoso.
Obtenido en “Il bordello del Academicci”, por dos ducados, y la felicidad de una cama compartida.
Fogozamente.
En la fría madrugada de Padua.
No era la primera vez que lo hacían merced de grandicima pudrizione.
Ni seria la ultima.
Debía lavar su miembro, en forma insistente con agua hervida, aplicar aceites aromáticos, perfumadas infusiones.
Y hacer que su vejiga trabajara muchas veces al día, por lo que constantemente tenia un jarrón con agua y vino, junto a su diestra mano disectora, y putañera.

(Si ahora estoy un rato en silencio es para emplearlo en pensar como pudieron continuar los acontecimientos.)

Pasarían meses de frenéticas disecciones en cadáveres humanos, animales y aves, fijando preparados anatómicos en vinagre y grapa, para su conservación.
Con la técnica de inyección en las venas ideada por Domenico Marchetti, ayudante suyo, junto con Mauricio Hoffman, hijo de uno de sus maestros.
Afeminado este, codicioso, y con un brillo muy particular en sus ojos que siempre le inspiraron temor y desconfianza.

Ese órgano, el cojín del estomago pletórico de Vesalio, era una glándula excretora de saliva al intestino.
Él lo sabía.
Lo podía afirmar ante cualquier tribunal. Basando sus experiencias en el “Methodi vitandorum errorum omnium qui in arte medica contingunt.” de Santorio Santorio (Sanctaurius).
Quien lo introduce en los procedimientos para medir fenómenos fisiológicos, y hasta hace pocos años, mientras ejercía la longevidad, vagaba llevando su sabiduría y su pesada toga por estos salones.
El ductus (il canaliculi), es el camino por donde viaja el insípido liquido trasparente, que agrede sin remedio la piel.

– Devorándola… ?

Sí, si la mantenemos sobre ella, y que transforma los alimentos en materia excretus dentro de la luz del duodeno.

– Debo informar mi descubrimiento al Maestro Riolano…, cuando este absolutamente seguro de que existe, y no es obra de mi cabeza alucinada…

Se repetía.

Quedo con la mirada fija a una de las largas galerías interiores, con alumnos caminando y otros en activas discusiones grupales.
La evocación del Maestri, trajo a su memoria su ultima e instructiva charla con el, antes de dejar la capital Normanda y dirigirse a Padua:

– En la vida, “bambini”, es importante la obtención de prestigio académico y reconocimiento público por los descubrimientos logrados en la nobilisima tarea de prosector…, anatomista y medico humanista, eso es cierto, …pero el oro del mundo, …la esencia, lo único que nos vamos a llevar al descanso eterno,… estimado y entrañable Joannes Georgius…!

Le dijo, apoyando su pesada mano quirúrgica en el hombro juvenil.

– Está bajo el ropaje de las damiselas…, sean estas cortesanas, burguesas…, o de la servidumbre, … y que puedas llevarte entre las sabanas de tu claustro académico, de alguna noble alcoba, el prostíbulo, o a falta de ellos igual puedes encontrar el placer en los mullidos depósitos de heno, donde se alimentan los animales, pero un discípulo mío… siempre debe sobresalir por su poder amatorio infatigable…!

Para finalizar suspirando, casi en un ruego.

– Ello hará sentir muy orgulloso al maestro…, y seguramente dará felicidad y aventura eterna a la vida del discípulo…

Aun con los ojos fijos en una columna de mármol invadida por el musgo, sonrío por el recuerdo.
Y por la picazón constante que sufría en su manto prepucial, y en la fosilla navicular.
Último recodo, de su uretra goteante y compungida.
Aprovechó la soledad para dar rienda suelta a sus dedos, y rascarse, casi con desesperación.
Y exagerada energía.
Satisfecho, finalmente resopló como un caballo que se espanta.

Capitulo tres (Per que questa cosa, pica tanti…?)

– No se si avergonzarme de demasiadas cosas…!

Pensaba en la penumbra de su salon de disector.
Oloroso y prolijo.

– De mi aspecto…, de mis secretos…, de mis actitudes, de que contesto, de que hablo, y si esta bien para el entorno que me esta escuchando, … si será bien tomado por los nobles, o por los curas que desgraciadamente hay cada vez más…, y que me ven como un ave de rapiña sobre indefensos seres ignotos…, y actualmente muy quietos, fríos y en camino a la putrefacción…

Introdujo una de sus plumas preferidas en la espesa tinta, al retirarla, espero que una gota cayera limpiamente.
A la boca oscura del tintero.
Le alegro no ensuciar la mesa.
Repasaba la parte fundamental del texto que lo tenia íntimamente emocionado, desde hacia tantos años.
Y escribía.

El “ductus” principal de este profundo órgano, puedo demostrarlo, se origina en el extremo más alejado de la masa grasosa que lo compone.
En un canal, que se inicia simple, o bifurcado.
La atraviesa (a la glándula) luego en su totalidad, hasta el osteum proximal en la luz del duodeno, recogiendo sus secreciones.
Esta situado en su sinuoso trayecto, cercano a la superficie anterior, cubierta por el ventrículo gástrico.
Más próximo al borde superior que al inferior, del páncreas.
Y a medida que se acerca a su destino intestinal, y unirse al viaducto biliar, el grosor de calibre aumenta progresivamente.

Su uretra peneana insistía con el escozor, pero sus dedos lo solucionaban de inmediato.
Casi con ferocidad.
Cierto placer le iluminaba el rostro, si el dolor aparecía tras el rascado.
Excitándolo.
En las últimas semanas, casi no había paseado su catedrática figura, por burdeles alegres y pendencieros.
Encubiertos como serias residencias, en la zona comercial próxima a la Universidad de los Artistas.
Su espíritu lo llamaba constantemente, hacia el contacto con las desprejuiciadas damicelas que frecuentaba.
Pero la emoción de su descubrimiento, le impedía separarse mucho tiempo de la sala de disección.
Esto no lo excitaba más, definitivamente no.
Pero le haría adquirir poder y popularidad, que seguramente le abrirían importantes, y nobles alcobas.
Esta situación, le daba una trasparencia especial a sus pecaminosos ojos.
Y un ingreso especial de sangre a sus cuerpos cavernosos, logrando la turgencia acostumbrada, y por lo cual era tan popular entre “las putanas” amigas.

Yo al enemigo trato de identificarlo precozmente.
Lo marco, ya es el enemigo.
Las historias las resuelvo más fácil.
Es el enemigo, solo se merece batalla.
No me pone mal lo que al él le pase, diga, le digan.
Salvo desgracias que ponen mal a todo el mundo, aunque a veces muy secretamente en mi mente (no me animo ni a llevarlas a la boca), algunas desgracias, me alegran, hasta ese instante que lo corrijo.
Y pienso que soy un anormal, pero lo dejo allí sin una definición absoluta, en esa fracción de tiempo.

Quedo dormido, por el dulce efecto del néctar que produce el fermento de las uvas.
En sus sueños seguiría mezclando su pasión anatómica, y sus pensamientos diabólicos.
La mañana lo despertará con un intenso dolor quemante, entre las piernas.
Que aliviara a duras penas, al descargar la vejiga con gran esfuerzo, y algunas puteadas.

Capitulo cuatro (il último)

Acaso saben ustedes como eran las calles de Padua, a primera hora de la mañana.
Cuando casi no había despuntado el sol, amaneciendo.
Y los mendigos, y ebrios duermen todavía. Contra los paredones de las construcciones.
Y ni siquiera pasan los carros que llevan bolsas cargadas hacia el mercado.
El prosector caminaba con el paso apurado que obliga a realizar un camino en bajada, a alguien que bebió en demasía.
Y no ha dormido en toda la húmeda noche.
En la plaza no estaba despierto más que un mendigo, junto al agua de la fuente.
Wirsung solo pensaba en la cama de su claustro.
Estaba hastiado, empalagado de cuerpos femeninos, y de amigos bebidos y pendencieros.
Las imágenes pasaban demasiado rápido, por sus ojos nublados.

Dos hombres lo esperaban en las sombras.
En un estrecho pasadizo apuntalado por columnas antiguas, heredadas del pasado románico.
Al acercarse al lugar le cerraron el paso.
Sin decir palabra.
Bruscamente terminó su andar apurado, y quedó mirándolos en silencio.
En el resplandor de la pólvora estallando, y en la sorpresa del sonido del disparo.
Identifico el brillo de dos ojos conocidos.
Pero el golpe, y el dolor de la metralla en su abdomen, lo hicieron caer sentado.
Tratando de tapar con los dedos, el espacio que se había formado entre sus músculos y vísceras.
Ahora quemadas y sangrantes.

Intentó incorporarse, pero la cabeza no le obedeció.
Quien había realizado el disparo, arrancó de un tirón el arcabuz de las manos de su acompañante.
Que estaba paralizado, sin poder moverse.
Ante la escena.
Y acercó la boca del cañón del arma, a muy pocos centímetros de la cabeza agonizante, del joven Joannes Georgius.
Luego disparó a quemarropa. con un estallido muy parecido al primero.

En 1642, Wirsung al efectuar una disección descubre el conducto principal excretor del páncreas, y comunica su descubrimiento en una carta a su maestro Riolano.
Que vivía en París.
El descubrimiento tuvo importante repercusión en los ambientes médicos, y parece, “aquí la información no es muy clara”, también se lo asocia a la trágica muerte del prosector.
Esto fue motivo de controversias, pues se pretendía quitarle mérito a su verdadero descubridor, asignadosele a Mauricio Hoffmann, hijo de Gaspar, que fue el portador de la misiva de Wirsung a Riolano, fechada el 7 de julio de 1643.
El 22 de agosto de 1643 Joannes Georgius Wirsung fue asesinado a mansalva de dos arcabuzazos.
Su descubrimiento fue prontamente divulgado, y dicho conocimiento permitió a otros grandes investigadores la verificación de la función secretora del páncreas.

 

4 comentarios

  1. El Artículo del Dr Carlos Hugo Mercapide es una conjugación, del buen decir, de la imaginación – que es basta, me consta- y de un riguroso estudio histórico. Dice èl que bien vale, que lo lea una persona, segurmente lo leeran muchos más. Gracias Dr Carlos H. Mercapide por obsequiarme este artículo para la pagina de Epidemiología. Dr Rubén García García

  2. hola,soy ashley y tengo 12 años sufro de diabetes por el pancreas desde los 4 años tube diabetes ahora estoy mejor pero todavia tengo diabetes…

  3. La historia novelada, a mi juicio es la mejor forma de aprender. Esta excelente descripción del momento cúspide de la vida de Wirsung (que en su casa lo conocen), no sólo pone de manifiesto al autor como un gran conocededor del contexto histórico de la época y de la importancia del descubrimiento anatómico, sino de las pasiones, unas constructivas , tal como su obsesión por el “ducutus”, sino la eterena acompañante del género humano, la envidia, el peor de los pecados capitales que junto con el egoísmo conforman las características sociológicas de todos lo tiempos. FELICIDADES

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